Jackie, dentro de la mujer que perdió a su esposo

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Quienes quieran ver Jackie pensando que van a encontrarse con un retrato glamuroso del personaje detrás de un gran presidente, en el que deleitarse con ambientación, vestuario y aspectos románticos de la vida de la primera dama, van a encontrarse con una visión bastante posmoderna de Jacqueline Kennedy, en la que la que su elegancia e imagen se ven desde dentro, utilizando el demoledor arco temporal de los días después del asesinato de su marido.

En consecuencia, el personaje se representa como un puñado de nervios, desorientada, demolida, consternada. El guion organiza la arquitectura del relato en torno a varias entrevistas grabadas, incluida la del famoso tour por la Casa Blanca de Jackie en la CBS. El director lo ornamenta con un material hermosamente rodado, que mezcla de forma ingeniosa imágenes de archivo de la época a través de un montaje fragmentado que evita la cronología, lo cual no ofrece ninguna ventaja narrativa aparente.

Fiel al estilo caleidoscópico y a la estructura de rompecabezas de buena parte de su filmografía, Larraín va y viene en el tiempo, pendula entre situaciones épicas y momentos íntimos (con los primerísimos primeros planos y las miradas de Natalie Portman como principal argumento), entre cierta distancia inescrutable y pasajes (como la reconstrucción del momento del asesinato) muy crudos y de una violencia gráfica.

Esa apuesta contradictoria -casi esquizofrénica- entre escenas en las que imperan la sutileza, el pudor y la elegancia, y otros que lucen demasiado forzados impiden que el resultado sea del todo convincente, pero no por ello el film carece de aciertos y valores.

DE PORTMAN DEPENDE TODA LA PELÍCULA
Toda la película da vueltas alrededor de la intensa interpretación de Natalie Portman, y como no conocemos a la primera dama personalmente, nos que queda en suspenso si la interpretación grave y constreñida de aquella mujer en la intimidad tiene algo que ver con la visión que ofrece la actriz.

A medio camino entre una esposa de Stepford y un anuncio de medicamentos contra la depresión, su Jackie es un personaje en sí mismo, conseguido y redondo, pero a veces, deja escapar algunas notas de impostura en la voz.

Quizá es por el tono general. En ocasiones parece más una obra de teatro que una película, a pesar de que tiene interesantes secuencias de exteriores como ese viaje tras el asesinato, o el hipnótico camino entre las tumbas, todo está muy comprimido en el microcosmos de la Primera dama, tanto que a veces Larraín no parece tan interesado en mostrarla como una mujer de carne y hueso, sino como un holograma de una persona. Una visión de Jackie alejada de lo que muchos de sus estudiosos podrían desear.

 

Fuente: www.espinof.com

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